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viernes, 7 de noviembre de 2014

1.- EL VINO Y EL MAR. LOS VINOS NAVEGANTES (1)



Publicado en Elsumiller.com

            Un acto cotidiano como descorchar una botella de vino nos puede parecer algo tan intrínseco a nuestra cultura, que da la impresión de llevarse haciendo desde el comienzo de los tiempos; la realidad es otra. Sin ir más lejos, en nuestro país el primer vino embotellado apareció en el mercado en 1.850 (Tío Pepe) o en 1.860 (Marqués de Riscal), según el autor que se consulte.

            Lo cierto es que el vino se ha transportado y comercializado a granel desde el principio de los tiempos y que el mar ha sido la vía natural para difundir las bondades de aquellos productos que, por su elevada calidad, merecían ser disfrutados más allá del ámbito local y doméstico al que se destinaba el 99% de la producción.

            Los antecedentes históricos los tenemos, como no podía ser de otra forma, en la antigua Roma, donde el vino se envasaba en ánforas de arcilla y se embarcaba en los remotos puertos de su vasto territorio con destino a la metrópoli italiana. En este caso la conservación del vino se llevaba a cabo gracias a la adición de diversas materias (miel, hierbas o plomo entre ellas) y a la manipulación y elaboración de distintos tipos de “vino” que hoy no serían considerados como tal. (Ver el artículo “El vino en la antigua Roma”).

          
  La verdadera revolución en el transporte del vino llega a partir de los siglos XV y XVI, cuando los límites del mundo conocido se amplían desde poco más que el mediterráneo y las riberas del norte de Europa, hasta abarcar la totalidad del globo terráqueo. Hay nuevos territorios donde por sus condiciones climáticas no se elabora vino, lo que no es óbice para que las clases pudientes coloniales disfruten en su mesa del placer de una buena copa. En este periodo cobran notoria importancia vinos como el Fondillón de Alicante, del que ya nos hemos ocupado en otras ocasiones.


            A partir del siglo XVIII el fenómeno se invierte. Una nueva potencia comercial, Gran Bretaña, se erige como receptora y consumidora de vinos de calidad provenientes de lejanos enclaves geográficos, que se convierten en una especie de “colonias vinícolas”, donde se elabora vino por, al gusto, y para el mercado anglosajón. Veamos los más importantes:

- Oporto
- Madeira
- Marsala
- Málaga
- Canary
- Jerez
- Banyuls y Maury (en cierta medida)

        

    
          Como señalo, estos vinos eran “hijos del viento” que estaban supeditados a su transporte por mar en barcos de vela desde los puntos de elaboración y crianza hasta el puerto de Londres, envasados en barricas de madera y estibados en las bodegas de buques que, según el origen y las condiciones del mar, podían tardar entre 20 y 60 días en llegar a su lugar de destino. La bodega de un barco de la época no era el lugar más salubre y con las mejores condiciones de temperatura y humedad para lograr que un vino “convencional” llegase sin haber adquirido por el camino alguna enfermedad o quiebra que diese al traste con los beneficios del comerciante de vinos de turno (veremos como a uno de ellos si le sentaba bien, pero no quiero adelantarme).

            A grandes males, grandes remedios. Si observamos la etiqueta de los vinos anteriormente descritos, hallaremos la pista que nos aporta la clave para averiguar cómo solucionaron en su día el problema del transporte del vino: Su grado alcohólico.
           



            Todos y cada uno de los “vinos navegantes”, son vinos encabezados, fortificados o generosos; es decir, en algún momento de su elaboración se les ha adicionado aguardiente (alcohol vínico) para subir su grado alcohólico y lograr de esta forma que se convirtieran en un producto inerte, que resiste el paso del tiempo y la acción tanto del oxígeno como de las bacterias. Este fortalecimiento le otorga además una gran longevidad y de paso unas características organolépticas muy especiales que los convierten en verdaderas joyas enológicas únicas en su especie. A lo largo de estos meses iremos descubriendo los secretos de cada uno de ellos y finalizaremos la serie con la esperada crónica de una gran cata de “vinos navegantes” que será difícil de olvidar.


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lunes, 25 de marzo de 2013

AMONTILLADO EL TRESILLO. BODEGAS EMILIO HIDALGO






 GRANDE POR DERECHO PROPIO

Vino que ha estado con crianza bajo velo de levadura entre 8 ó 9 años para pasar después 4 ó 5 años en crianza oxidativa.

Vista. Amarillo dorado muy subido, limpio, brillante y con destellos cobrizos.

Nariz. Algo “gorda”, oleosa (aove), herbácea, cítrica (mandarina), con claras notas a lacas y una mineralidad muy marcada, sorprendente de hallar en este tipo de vinos. Las notas del velo flor siguen muy presentes. Tiene maderas muy sutiles y limpias. Tras reposar, nos ofrece un recuerdo a tabaco rubio bastante marcado.


Boca. Entrada seca sin excesos, con un paso corpulento y expansivo que va creando cierto peso en boca. El centro de boca es enormemente complejo y demuestra un perfecto equilibrio sensorial producido por sus dos orígenes. Ofrece por retronasal frutos secos (almendra), madera de cedro, cera de abeja, hierbas medicinales (mejorana y tila) y notas terrosas. El final es muy largo y deja un recuerdo a madera y regaliz algo dulzón y desconcertante, pero no por ello menos elegante.

Conclusión. Juan Manuel Hidalgo, su creador, lo considera un amontillado joven, cuando lo compara con su hermano mayor El Tresillo 1.874, que ya cuenta con 45 añazos a sus espaldas. Una vez catados los dos, en nada se parecen y pienso que cada cual tiene su lugar dentro de la excelsa gama que ofrece esta bodega jerezana. En mi opinión este vino, que de joven tiene poco, saca mucho partido de esos 14 años que ya lo hacen maduro, serio y pleno, pero que a su vez mantiene esa chispa y esa vida que nos aportan las todavía presentes notas de crianza biológica, magistralmente complementadas con la senectud y el carácter “rancio” que le otorga su paso por crianza oxidativa.





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lunes, 4 de marzo de 2013

VINO FINO LA PANESA. BOD. EMILIO HIDALGO





UN FINO CON MAYÚSCULAS

     Vino fino con una crianza bajo flor de levadura durante 15 años. Se realizan 5 sacas al año, lo que unido a la escasa tirada, nos garantiza una frescura absoluta. Se cría en la bodega La Panesa, una de las varias que posee la firma Emilio Hidalgo en Jerez de la Frontera. Esta bodega que da nombre al vino, posee unas características constructivas y climáticas ideales para que se produzca el milagro del velo flor de levadura y por ello se usa en exclusiva para los vinos finos.


Vista. Amarillo dorado subido, limpio, muy brillante y sin atisbos de filtraciones ni decoloraciones excesivas. Ese color subido llega a ser inusual para los finos comerciales, ya que en estos nos tienen acostumbrados a ver unos tonos mucho más “afeitados”. Se agradece contemplar un color tan natural y maduro en este vino.

Nariz. En primer lugar destacan desde luego sus notas de crianza biológica, pero de inmediato se detecta que hay algo más. La nariz supera con creces los tonos punzantes de la flor, hasta transformarlas en un aroma muy intenso, casi hiriente al primer contacto. Los aromas de flor se presentan algo cansados y maduros, dando incluso algún atisbo de lacas. Cuando reposa un par de minutos, aparecen notas de hierba seca, heno, cereal y turba, magistralmente combinados con tonos aromáticos de sal, yodo y almendra que nos recuerda lo que es. Sorprende lo cambiante de sus aromas y la complejidad que llega a alcanzar esta nariz, detectándose hasta incluso ciertos atisbos de aromas lácteos (queso azul).

Boca. Entrada seca y casi salina, con un paso muy fluido, incluso para la temperatura a la que el bodeguero decidió realizar la cata (12-13ºC) En el centro de boca se muestra amplio y muy estructurado, donde se combinan a igualdad de fuerzas los frutos secos (anacardos y cáscara de nuez), las notas vegetales (camomila y ciertos amargores herbáceos), la madera y un cierto regusto turboso que convierte el final en muy largo.


En conclusión nos encontramos ante un fino inusual no sólo por lo que se ha esperado para hacernos disfrutar de él, sino por las maravillosas sensaciones que transmite a los amantes de los vinos de Jerez “con mayúsculas”. Nos demuestra a lo que se puede llegar cuando las condiciones idóneas se alían con el amor del bodeguero por sus vinos. Con ellos Juan Manuel Hidalgo hace honor a su apellido y emula al ingenioso manchego que como le pasa a este jerezano, veía más allá que el resto de sus coetáneos. Espero que los molinos de la prisa y los números no puedan con este proyecto y que encuentre el suficiente número de “Sanchos” para que estos vinos sigan existiendo. Yo por mi parte me adhiero incondicionalmente.







Tipo de vino: Vino fino. Criado bajo velo flor de levadura y envejecido siguiendo el sistema de criaderas y soleras. 15 años.

Variedades: 100% Palomino fino.

D.O./zona: Jerez-Xeres-Sherry.

Grad. Alcoh.: 15º

P.v.p. aprox.: 26 €.

Bodega: Emilio Hidalgo S.A. C/ Clavel, 29 Jerez de la Frontera (Cádiz).Tlf. 965 341 078


Web: http://www.hidalgo.com/







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sábado, 1 de diciembre de 2012

PRESENTACIÓN DE LA COLECCIÓN PALMAS DE TÍO PEPE EN ALICANTE



¿Qué mejor lugar para la presentación que un espacio llamado "Tiza y Flor"?

          Si hace un par de años tuve la suerte de disfrutar de la sabiduría de Antonio Flores en su cata “Del mosto al VORS”, donde este veterano enólogo nos desvelaba los secretos de la evolución que sufre un vino fino, en concreto el Tío Pepe, hasta llegar a la senectud de un VORS, el pasado 28 de noviembre pude disfrutar de lo que podría definirse no como una continuación, pero si como una versión VIP de aquella mítica cata.


          Juanma Terceño fue esta vez el encargado de presentar estas pequeñas obras de arte de la enología jerezana y tras una breve presentación de las bodegas González Byass  y sus vinos, llegó el momento de liberar el frasco de las esencias (nunca mejor dicho) y gozar de una experiencia que a los enamorados del vino de jerez no les puede parecer otra cosa que el puro y verdadero goce de una parcelita del paraíso.


          El proceso de creación de estos vinos, sin entrar en demasiados conceptos técnicos (si se quieren, recomiendo el post de Eduardo Sanz en Verema.com ), comienza   a partir de ciertas botas de un vino fino Tío Pepe, que cuando ya ha alcanzado su plenitud o momento de saca, llama la atención del capataz de la bodega por la finura y calidad de sus aromas y sabores, siendo “indultado” y pasando entonces a formar las criaderas del futuro fino amontillado y del mas futuro amontillado VORS en el momento en que pasen 40 añitos de nada. Por tanto los palmas tienen una edad mínima que ronda entre los 6 años del 1 palma hasta los 40 años del 4 palmas. Los vinos catados en esta ocasión se embotellaron el pasado 18 de octubre en unas cantidades tan exiguas que no pueden ser otra cosa que testimoniales. En esta ocasión viene que ni pintado el viejo refrán manchego: “como te descuides se te va el vino en catas”. De hecho ya es difícil encontrar alguna botella en el mercado a un mes escaso de su lanzamiento.


NOTAS DE CATA

Fino Una Palma

Vista. Amarillo dorado con reflejos oro, ligeramente más subido de color que el fino Tío Pepe convencional, ya que no se ha filtrado ni clarificado en demasía.
Nariz. Enormemente intensa, salina, potente, iodada con muchísima flor de levadura y notas de hinojo y hierba luisa. Conforme se oxigena  va evolucionando y ofrece almendrados y leves toques ahumados y maderosos.
Boca. Entrada seca con un paso potente y expansivo que no deja de abrirse y pedir espacio en la boca. El centro está dominado por la almendra amarga, la aceituna y la sensación salina, expresando una acidez muy larga. El final es interminable y en él aparecen además ciertas notas que algunos de los presentes identificamos como indicativas de mineralidad (talco, yeso). La acidez sigue ahí y te hace salivar durante minutos.
Conclusión. Después de este vino, y mientras me dure su recuerdo en la memoria olfativa y gustativa, no volveré a disfrutar con una copa de fino o manzanilla “estándar”. Es la parte negativa de catar leyendas y subir tanto el listón.


Fino Dos Palmas

Vista. Amarillo oro subido con ciertos destellos de oro viejo.
Nariz. Se sigue notando claramente la crianza biológica, pero esa flor ya es más sutil y comienzan a apuntar los acetaldehídos y las maderas que ya nos hablan de la oxidación que sucede a una muerte gradual y lógica del velo de levaduras. Al oxigenar se acrecienta algo la sensación biológica y mucho la vegetalidad. Se detecta alguna nota cítrica.
Boca. Entrada seca pero no secante como el anterior, con un paso mucho más lineal y fluido. El centro se presenta equilibrado entre las maderas y los frutos secos, sin que tome partido por ninguna de ellas. El final también es muy largo y con una intensidad mediana y comedida.
Conclusión. En comparación con el vino anterior, se presenta menos intenso, algo más apaciguado y en mi opinión navega entre dos aguas sin definirse ni llegarme a emocionar.


Fino tres Palmas

Vista. Amarillo oro con reflejos cobrizos.
Nariz. Ya cuesta discernir la flor de levadura y se apoderan de ella los aromas maduros y elegantes tanto de los frutos secos tostados como de  la madera de cedro, el sándalo y la cera de abeja (comienza a tomar tonos canónicos).
Boca. Entrada seca y todavía algo fresca con un paso envolvente y aterciopelado que sin embargo se mantiene algo fluido y bastante iodado. En el centro de boca se expresa de forma expansiva, multiplicando por diez las sensaciones de elegancia que demostraba en nariz. El final es casi eterno y muy cambiante, pasando en forma de oleadas, de los amargores a las lacas, de las maderas nobles a los perfumes e inciensos… y vuelta a empezar.
Conclusión. El último escalón de un fino viejo de calidad antes de doblar la testuz y pasar al reino de los amontillados. El último reducto de resistencia de la flor, elevada a los altares (o más bien a la sacristía) por las notas oxidativas.


Fino Cuatro Palmas

Vista. Caoba clara con un tono claramente verdoso aceitunado. Destellos cobrizos profundos.
Nariz. Senectud y armonía. Un amontillado de libro donde las maderas enceradas, las lacas, la carga alcohólica, el azúcar quemado y los ahumados se combinan de manera envolvente y elegante, dando una nariz eterna y perfumada, capaz de perdurar durante horas, incluso tras quedar la copa vacía.
Boca. Entrada muy seca, potente y con una acidez todavía patente. El paso es fluido y nos recuerda que un día fue fino y adelgazó el glicerol hasta lo inimaginable en otros vinos de su estilo. El centro potente hasta el exceso, grande y con cierta sensación secante y astringente en el final, que se presenta mucho más allá de largo y rodeado de la elegancia que sólo más de 40 años pueden otorgar a un vino.
Conclusión. Cambia el concepto de vino pero no la grandeza. El vino es eterno en el recuerdo, pero sutil en el cuerpo. Obligado de probar al menos una vez, para llegar a comprender algo mejor la magia del marco de jerez.



          Como colofón se presentó un tinto dulce de la variedad Tintilla de Rota, de producción limitada y sabor agradable, aunque sinceramente no pasó de ahí. Fue un detalle traer un vino tan escaso. Hay que reconocer que someter a cata un tinto dulce en pleno feudo de la monastrell, no deja de ser un acto de valentía. 


           Agradecer la ocasión de contar con estos vinos en Alicante a Pedro Ruiz Belda, que logró traer a Juanma y sus joyas a la enoteca Tiza y Flor y dio la ocasión a los alicantinos de poder gozar del paraíso jerezano sin moverse de la “terreta”.



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