miércoles, 23 de noviembre de 2011

PRIMITIVO QUILES GRAN IMPERIAL





TODAVÍA HAY GRANDES SORPRESAS EN ALICANTE

     Paseando por "Lo Mejor de la Gastronomía" coincidí con Primitivo Quiles, enésima generación de bodegueros del alicantino pueblo de Monóver, quien me fue presentado por un amigo en común. Al despedirnos, me sugirió que pasásemos por el stand de la bodega y catásemos su Gran Imperial, a ver que nos parecía. Me imaginé que sería un fondillón de los que precisamente había catado el día anterior y no le di más importancia. Mis acompañantes, sumilleres ellos con más años de profesión sobre los hombros, insistieron en ir a probar esa “joya”, por lo que así lo hice.

     Ya en el stand y tras pronunciar el “santo y seña” a la impecable sumiller (Ana) que atendía a los visitantes, se abrió el baúl de los misterios y apareció sobre el mostrador una botella que no era la de los fondillones que había catado.

     La etiqueta, sobria y clásica como caracteriza a los productos de la bodega, ya nos daba alguna pista y dejaba entrever una producción muy limitada (sólo 165 botellas en el tiraje de 2.010). Las palabras “Extra dulce” y “Vino Generoso”, junto con los 16º de alcohol también me ponían en antecedentes.

     ¿Un fondillón encabezado y con azúcar residual? ¿Una especie de PX, pero de monastrell? El impenetrable color caoba de su capa y la densidad al girar el vino en la copa iban más por el camino de la segunda hipótesis. La sorpresa viene en nariz cuando descarto la monastrell, ya que, aunque la madera lleva muchos años haciendo su labor, ya llevo los suficientes vinos rancios de monastrell catados como para saber que aquello no se correspondía con la uva alicantina. Junto a los tofees, maderas de sacristía, dátiles, orejones, tabacos, cacaos y arropes, que arrojaba a raudales en una sinfonía muy bien afinada, había unas notas muy personales que sólo las puede dar otra variedad cuyos terpenos son capaces de sobrevivir durante decenios, como aquí quedó patente. ¿Moscatel? “Bingo”, me dijo quien ya lo conocía.

      Mi amigo Javier Martínez Muñoz, me contó una historia que venía a decir que ese vino es fruto de un afortunado error de bodega, donde muchos años atrás se llenó un tonel “monovero” de moscatel en vez de monastrell y siguió el mismo proceso de envejecimiento que sus hermanos, comprobándose en su día que se había producido un vino de muy alta calidad y muy personal. No termino de creerme la historia, ya que supongo que se trataría más bien de una prueba experimental que de un error, máxime cuando hablamos de la elaboración de un fondillón, con el cuidado y la importancia que se le da a este vino en las bodegas de la zona. En boca resultó meloso y aterciopelado al tacto, glicérico y cuasi oleoso en su paso. Profundamente noble en su centro de boca, donde las sensaciones que daba en nariz se multiplican por cien y nos ofrece desde el pan de higo al cacao amargo, pasando por azúcar tostada, miel de romero y melaza de caña. La acidez sigue presente para hacer su beber fácil y el alcohol, al ser natural, está perfectamente integrado en el conjunto.

     Como nota negativa, la de siempre que se prueba un grande: ¡sabe a poco!. Espero hacerme con una botella del próximo tiraje y buscarle un hueco en el cuadro de honor de los grandes vinos que produce esta tierra. Se lo ha ganado a pulso.

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